Trump, Venezuela y el Nuevo Orden Mundial

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Por Luís E. Díaz Sosa, – Muchos fuimos testigos —como si se tratara de una serie de televisión— de cómo la Fuerza Delta del Ejército de los Estados Unidos apresó al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, y a su esposa, la primera dama Cilia Flores. De acuerdo con los cánones del derecho internacional, lo ocurrido el pasado sábado 3 de enero constituye una violación flagrante de la soberanía de un Estado mediante el uso de la fuerza, tal como lo establece el artículo 2 de la Carta de las Naciones Unidas. Hasta aquí existe un consenso amplio. Ahora bien, para comprender las ramificaciones y el posible desenlace de la acción llevada a cabo por los Estados Unidos la semana pasada, es necesario enmarcarla dentro de la dinámica del tablero geopolítico que empuja hacia un orden multipolar —aunque esencialmente tripolar— encabezado por Estados Unidos, China y Rusia.

Donald Trump ha comprendido a la perfección que Estados Unidos es un imperio en fase de declive y que, para jugar un papel estelar en un nuevo orden mundial tripolar, debe actuar como lo hacen los imperios cuando enfrentan este escenario: reduciendo el derecho internacional a lo que realmente es, una ficción jurídica. Una ficción que solo aplica a los países periféricos y que, en la práctica, otorga luz verde a las potencias para apoderarse de otros Estados bajo la lógica de un neomercantilismo agresivo. En este esquema, la diplomacia ha sido sustituida por el inventario de recursos estratégicos. Lo ocurrido en Venezuela no es otra cosa que una revalorización de ese inventario en nombre de una supuesta “libertad”, que no es más que una quimera, pues los mismos actores continúan gobernando.

Por otra parte, la Casa Blanca, de manera calculada, ha dejado intacto el régimen en su estructura esencial, evitando repetir aventuras como Afganistán e Irak, donde sus aliados nunca lograron controlar las verdaderas estructuras de poder. En ambos casos, el plan original derivó en pesadillas prolongadas que desembocaron en cruentas guerras civiles y desalinearon el objetivo central: la extracción pura y simple de recursos estratégicos del subsuelo. En este contexto, la intervención decisiva de Estados Unidos bajo la égida de Donald Trump no responde a una lógica de reconstrucción política o institucional. Su objetivo ha sido asegurar el control del subsuelo venezolano: petróleo pesado, gas natural y minerales críticos para la industria tecnológica y la transición energética. Se trata de un neoimperialismo que ya no necesita ocultar su avaricia tras el lenguaje de la libertad o los derechos humanos. El poder contemporáneo no promete valores: administra recursos.

Este giro se inscribe en lo que puede denominarse el Corolario Trump. A diferencia del Corolario Roosevelt, que justificaba la intervención estadounidense en América Latina como una responsabilidad civilizatoria y estabilizadora, el Corolario Trump abandona toda pretensión moral. Su principio operativo es simple: los recursos estratégicos deben quedar bajo control aliado; la soberanía nacional es negociable; y la fuerza —económica, financiera y militar— es la única moneda válida. En este orden, la democracia deja de ser un fin y se convierte en un instrumento retórico.

La arquitectura intelectual de este sistema se comprende mejor a la luz de Private Empire: ExxonMobil and American Power, de Steve Coll. El libro demuestra que ExxonMobil no ha sido simplemente una empresa energética, sino un actor cuasi soberano del poder estadounidense. Durante décadas, la corporación operó como una diplomacia paralela: negociaba con Estados, influía en marcos regulatorios, presionaba gobiernos y condicionaba decisiones estratégicas. Allí donde el Estado encontraba límites políticos, la empresa avanzaba con lógica contractual. El mercado se convirtió en geopolítica por otros medios.

Venezuela encaja perfectamente en ese patrón histórico. El colapso del madurismo no abre paso a una soberanía renovada, sino a una reconfiguración tutelada del Estado venezolano como plataforma extractiva. El artículo de Javier Blas en Bloomberg es elocuente: Trump ha construido un auténtico imperio petrolero alineado directamente con la Casa Blanca, donde las fronteras entre Estado, corporación y estrategia nacional se diluyen deliberadamente. El petróleo vuelve a ser, sin ambigüedades, un arma de poder. Según Blas, Estados Unidos, junto con Canadá, Venezuela y el resto de América Latina, concentra cerca del 40 % de la producción mundial de crudo. En términos prácticos, Trump ejerce un control de facto sobre el petróleo del hemisferio occidental, lo que permite a la Casa Blanca administrar la oferta global para beneficiar a aliados y castigar adversarios cuando resulte conveniente.

El nacionalismo energético de Trump no se limita a la seguridad nacional. Busca también un control geoeconómico del petróleo para contener la inflación y dominar una porción sustantiva de la oferta mundial. El alto costo de la vida podría convertirse en su Waterloo y marcar la decadencia de su proyecto político de cara a las próximas batallas internas.

Conviene decirlo con claridad: esta reconfiguración externa habría sido imposible sin la descomposición interna del régimen venezolano. La Venezuela actual recuerda a la Roma en su decadencia final: un poder vacío de legitimidad, sostenido por redes clientelares y una economía del saqueo. Maduro y su entorno jamás encarnaron a la izquierda como proyecto emancipador; representaron, más bien, una oligarquía extractiva envuelta en símbolos revolucionarios. El chavismo terminó siendo un mecanismo de depredación antes que un experimento político.

Como en la Roma tardía, la lealtad dejó de ser ideológica y pasó a ser contable. Cuando el costo de sostener al autócrata superó el beneficio del botín, la traición se volvió racional. El aparato militar y administrativo optó por una salida de supervivencia pretoriana. No hubo épica ni ruptura histórica: hubo cálculo. Y ese cálculo fue acelerado por la presión constante de los servicios de inteligencia estadounidenses y por la evidencia incuestionable de la superioridad militar de Washington.

Aquí reside el punto incómodo que muchos prefieren ignorar. El colapso del régimen no dio paso a una transformación estructural, sino a una sustitución de administradores. Se invocó la democracia para justificar un protectorado de intereses. El Estado venezolano no se recompone como sujeto soberano, sino como garante contractual de intereses energéticos y mineros. Cambian los nombres; la estructura permanece intacta.

Lo más inquietante no es solo lo que ocurre en Caracas, sino el coro que lo acompaña desde afuera. Buena parte de la prensa internacional actúa como caja de resonancia del nuevo orden. Celebra la caída de Maduro sin preguntarse qué se instala en su lugar. El tirano tropical es reemplazado por una arquitectura corporativo-estatal más eficiente, más silenciosa y tecnológicamente más implacable. Menos burda, pero más profunda. Una autocracia sin rostro.

Este realismo cínico no se limita al Caribe. Redibuja el mapa global del poder. Para China, Venezuela era un enclave estratégico: crédito a cambio de petróleo, presencia financiera sin condicionamientos políticos. La consolidación del control estadounidense implica un retroceso significativo de Pekín en el hemisferio occidental y refuerza una lógica de esferas de influencia cada vez más rígidas. El mensaje es claro: América Latina vuelve a ser territorio delimitado.

Rusia enfrenta un escenario similar. Su presencia en Venezuela fue siempre más simbólica que estructural: apoyo militar, cooperación energética y desafío retórico a Washington. Con la salida de Maduro, Moscú pierde un punto de apoyo en el Caribe y se repliega hacia regiones donde su influencia militar es más directa. El hemisferio occidental reafirma su condición de zona preferente de control estadounidense. Asistimos así a una suerte de darwinismo geopolítico que se hará más visible en los próximos meses, con las reuniones previstas de Trump con Putin y Xi. Las potencias se reparten el mundo como botín de guerra: Putin consolida lo que le interesa de Ucrania; Xi obtiene margen para actuar sobre Taiwán; Washington asegura su retaguardia hemisférica.

La lección es inquietante y trasciende a Venezuela. La fuerza ha regresado como principio explícito del orden internacional. La soberanía se tolera solo cuando resulta funcional. El derecho internacional se aplica de manera selectiva. Y la democracia se reduce a un recurso narrativo, útil para legitimar decisiones ya tomadas. Venezuela no es una excepción: es un precedente, un laboratorio del neomercantilismo del siglo XXI.

El fin de una dictadura no debería servir como coartada para un nuevo ciclo de saqueo. Celebrar la caída de Maduro sin interrogar el sistema que lo reemplaza constituye una forma de complicidad intelectual. Venezuela no representa el amanecer democrático que se proclama, sino el espejo de un mundo en decadencia, donde el poder ya no se justifica: se ejerce. Y donde la política, despojada de toda épica, ha sido reducida a la administración global de recursos estratégicos.

Jenchy Suero

Jenchy Suero
Jesús Antonio Suero Castillo (Jenchy Suero), nació en San Juan de la Maguana, catedrático universitario, comunicador y abogado. Ha dirigido diversas entidades profesionales y organizativas de la sociedad, etc. Jenchy Suero, conduce y produce el programa televisivo: “Primera Hora” y conduce “Panorama Social, ambos cada día de lunes a viernes en la televisión de Santo Domingo República Dominicana.

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