Roma, Estados Unidos y la fragilidad de las instituciones inclusivas

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Por Julio E. Díaz Sosa– En el capítulo 6 de su obra Why Nations Fail (Por qué fracasan los países), Daron Acemoglu y James Robinson explican una de las ideas centrales de su libro: las naciones prosperan cuando desarrollan instituciones políticas y económicas inclusivas, y declinan cuando esas instituciones se vuelven extractivas. Para ilustrar este punto, los autores analizan el ascenso y la caída del Imperio romano. Roma no colapsó simplemente por las invasiones bárbaras o por un exceso de expansión militar. Según los autores, el problema más profundo fue el deterioro institucional. Con el tiempo, Roma pasó de estructuras relativamente inclusivas a un sistema altamente extractivo controlado por élites reducidas. Las oportunidades económicas se concentraron, la participación política se debilitó y los ciudadanos comunes perdieron progresivamente los incentivos para producir, innovar y defender el propio sistema. En muchos sentidos, la historia de Roma no es solo historia antigua: es una advertencia sobre cómo incluso las sociedades más poderosas pueden entrar en declive cuando las instituciones dejan de servir al conjunto de la población.

La República romana desarrolló inicialmente instituciones más inclusivas que muchas otras sociedades de su época. El poder político, aunque distribuido de manera imperfecta, se compartía entre distintos grupos mediante el Senado, las asambleas y diversos marcos legales. Los derechos de propiedad eran relativamente seguros, el comercio se expandió y Roma creó incentivos para el servicio militar y la participación económica. Estas instituciones ayudaron a Roma a convertirse en la potencia dominante del Mediterráneo. Sin embargo, a medida que el imperio se expandía, la riqueza y la influencia política comenzaron a concentrarse cada vez más en manos de una pequeña élite. Los grandes latifundios desplazaron a los pequeños agricultores independientes, quienes habían sido el núcleo de la República romana. La corrupción se extendió y la competencia política comenzó a transformarse en violentas luchas de poder entre facciones y líderes militares. Finalmente, los emperadores centralizaron la autoridad, debilitaron los contrapesos institucionales y comenzaron a gobernar más mediante la coerción que mediante el consenso.

Acemoglu y Robinson sostienen que esta transición de instituciones inclusivas a instituciones extractivas fue debilitando lentamente la estabilidad de Roma a largo plazo. Los ciudadanos comunes enfrentaban impuestos elevados, menor movilidad económica y creciente exclusión política. La innovación se estancó porque las élites tenían pocos incentivos para promover un progreso económico amplio. El poder político se desconectó de la rendición de cuentas. A medida que las instituciones se debilitaban, Roma se volvió cada vez más dependiente de la fuerza militar para mantener el orden. Desde el exterior, el imperio todavía parecía poderoso, pero internamente sus bases se estaban erosionando. Para el momento en que las invasiones externas se intensificaron, Roma ya se encontraba debilitada desde dentro.

Este marco plantea una pregunta incómoda para el mundo moderno: ¿podría ocurrir algo similar en Estados Unidos?

Estados Unidos se convirtió en una de las economías más exitosas de la historia gracias, en gran medida, a sus instituciones inclusivas. Los derechos de propiedad sólidos, un poder judicial independiente, la gobernanza democrática, los mercados abiertos y amplias oportunidades para el emprendimiento crearon las condiciones para la innovación y el crecimiento. Durante gran parte del siglo XX, las ganancias económicas estuvieron relativamente distribuidas. Aunque la desigualdad existía, prevalecía la sensación de que las personas comunes podían mejorar sus vidas mediante la educación, el trabajo y la creación de empresas. La legitimidad del sistema estadounidense descansaba en la creencia de que las instituciones, pese a sus defectos, servían en términos generales a toda la sociedad.

Sin embargo, muchas de las tendencias visibles en Roma antes de su decadencia también pueden observarse hoy, en distintos grados, en Estados Unidos. Uno de los paralelos más evidentes es la creciente concentración de riqueza y poder económico. En la Roma tardía, enormes latifundios controlados por aristócratas reemplazaron gradualmente a las pequeñas propiedades agrícolas, debilitando la independencia económica de los ciudadanos comunes. Hoy, muchos críticos argumentan que las ganancias económicas en Estados Unidos se han concentrado crecientemente en grandes corporaciones, élites financieras y hogares de altos ingresos, mientras gran parte de la clase media enfrenta costos crecientes de vivienda, salud y educación. El problema no es únicamente la desigualdad en sí, sino la percepción de que la movilidad económica —la idea de que las personas pueden progresar mediante el esfuerzo— se está debilitando con el tiempo.

Otro paralelo importante es el deterioro de la confianza en las instituciones políticas. Durante los últimos años de la República romana, la política dejó de centrarse en la gobernabilidad y pasó a convertirse en una lucha existencial entre facciones rivales. Las normas políticas comenzaron a deteriorarse. Los líderes ignoraban las instituciones, se apoyaban en redes de lealtad personal y utilizaban el descontento popular para consolidar poder. Figuras como Julio César emergieron en un sistema cuya legitimidad institucional ya estaba profundamente debilitada. En Estados Unidos, la polarización política ha alcanzado niveles no vistos en décadas. La confianza en el Congreso, los medios de comunicación, las elecciones e incluso en el sistema judicial ha disminuido considerablemente. Los adversarios políticos son percibidos cada vez más no como rivales dentro de un sistema constitucional compartido, sino como amenazas existenciales para el país. Aunque Estados Unidos sigue siendo una democracia funcional, esta erosión de confianza recuerda algunas de las señales tempranas que debilitaron internamente a Roma.

También existen paralelos en términos de sobreextensión militar y geopolítica. Roma mantenía una vasta presencia militar en Europa, el norte de África y Medio Oriente. Con el tiempo, defender un imperio tan amplio se volvió cada vez más costoso, especialmente mientras se profundizaban los problemas económicos internos. El elevado gasto militar presionó las finanzas públicas, mientras los líderes políticos luchaban por mantener la cohesión interna. Estados Unidos no es un imperio en el sentido romano, pero sí mantiene una enorme presencia militar global, con compromisos en Europa, Asia y Medio Oriente. Los crecientes déficits fiscales, el aumento de la deuda pública y los debates internos sobre intervenciones internacionales reflejan tensiones similares entre las responsabilidades globales de Estados Unidos y sus prioridades domésticas.

Otro paralelo llamativo tiene que ver con la identidad cívica y la cohesión social. Roma expandió gradualmente la ciudadanía a lo largo del imperio, lo que inicialmente fortaleció la integración. Sin embargo, con el tiempo, la ciudadanía dejó de estar vinculada a la participación cívica y comenzó a desconectarse de una identidad política compartida. A medida que crecían la desigualdad y la corrupción, muchos ciudadanos comenzaron a sentirse alienados del Estado. En Estados Unidos también existe una creciente fragmentación en torno a la identidad nacional, la cultura y el sentido de pertenencia política. La confianza social se ha debilitado y muchos estadounidenses sienten una creciente desconexión tanto de las instituciones como entre ellos mismos. Esto es importante porque las instituciones sólidas dependen, en última instancia, de que los ciudadanos crean que forman parte de un proyecto político común que vale la pena preservar.

Incluso existen similitudes en la estructura de la economía. En la Roma tardía, la acumulación de riqueza entre las élites dependía cada vez más de privilegios políticos, concentración de tierras y extracción económica, más que de un crecimiento productivo amplio. Algunos economistas sostienen que ciertas partes de la economía estadounidense moderna muestran tendencias similares, donde los mercados financieros y la inflación de activos benefician desproporcionadamente a quienes ya poseen capital, mientras el crecimiento salarial de los trabajadores comunes se queda rezagado. Esto alimenta la percepción de que el sistema recompensa cada vez más a los insiders y no tanto a la participación productiva y la innovación.

Por supuesto, también existen diferencias importantes. Estados Unidos todavía posee instituciones democráticas sólidas, universidades líderes a nivel mundial, mercados financieros profundos, liderazgo tecnológico y una extraordinaria capacidad de innovación y autocorrección. Roma carecía de sistemas constitucionales modernos, medios independientes y participación democrática amplia. La historia nunca se repite exactamente igual. Sin embargo, el argumento central de Acemoglu y Robinson no es que Estados Unidos esté destinado inevitablemente a colapsar como Roma. Su punto es que las instituciones inclusivas son frágiles. Pueden debilitarse gradualmente si el poder y las oportunidades se concentran demasiado y si la confianza pública se erosiona con el tiempo.

La lección central del capítulo 6 es, en última instancia, una advertencia sobre el deterioro institucional. Las grandes potencias rara vez colapsan de la noche a la mañana. El declive normalmente comienza lentamente y desde dentro antes de hacerse evidente externamente. La caída de Roma no fue inevitable; fue el resultado de decisiones políticas y económicas que concentraron el poder, debilitaron la rendición de cuentas y erosionaron la cohesión social. El mismo principio aplica hoy. Si Estados Unidos quiere evitar aspectos de la trayectoria romana, debe fortalecer las mismas instituciones que hicieron posible su prosperidad: la confianza en la gobernanza democrática, la igualdad de oportunidades, el Estado de derecho, la inclusión económica amplia y un sistema político que funcione no solo para las élites, sino para toda la sociedad.

Jenchy Suero

Jenchy Suero
Jesús Antonio Suero Castillo (Jenchy Suero), nació en San Juan de la Maguana, catedrático universitario, comunicador y abogado. Ha dirigido diversas entidades profesionales y organizativas de la sociedad, etc. Jenchy Suero, conduce y produce el programa televisivo: “Primera Hora” y conduce “Panorama Social, ambos cada día de lunes a viernes en la televisión de Santo Domingo República Dominicana.

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